Nochebuena en Santiago de Chile en 2000: La misa más bonita de mi vida.

a-chile-los-andes

Lo bueno de tener un blog propio es que puedo escribir de lo que se me ocurra, como hoy por ejemplo que quiero poner algo sobre la Navidad. En estos días Carlos Herrera,  al que oigo casi todos los días en su programa mañanero de la Cope mientras camino mis 7 kilómetros de reglamento para mantener el colesterol bajito, precisamente en “La ruta del colesterol” en Santa Úrsula, preguntaba a sus “fósforos” (forofos, se entiende) que si recordaban alguna Navidad especial fuera de España. Unos hablaban de una Nochebuena en Japón, otros en Etiopía, uno en Guinea y yo recordé que en 2000, el 24 de diciembre, estaba en Santiago de Chile con mi esposa y dos hijas (Claudia y Cristina ya que Mauro se quedó en Venezuela por deseo propio) y disfrutamos de una de las fiestas de nacimiento del niño Jesús más bonitas de nuestra vida.

a-chile-de-noche

Aquel año decidimos tomarnos unas dos semanas de descanso aprovechando que no había transmisión de fútbol español en VTV por asueto navideño. No quiero hablarles de la despedida del año 2000 y la llegada del 2001 (¿Odisea del espacio?) en la Avenida 9 de julio en Buenos Aires a los pies del obelisco con una botella de champán en la mano y un calor insoportable, ni del día 1 de enero yendo en el pintoresco y bonito tren de La Costanera hasta la ciudad del Tigre; ni del 27 de diciembre en Montevideo con el mayor ventarrón que he sufrido en mi vida: estábamos en la playa de Carrasco cuando comenzó a soplar con fuerza Eolo el dios del viento y tuvimos que entrar a una cafetería desde donde veíamos volar sillas, mesas, paraguas, sombrillas y hasta personas que había que agarrar por las manos o la cintura para ayudarlas a ponerse a buen resguardo. Viento -como nunca había sufrido ni he vuelto a sufrir en mi vida- y lluvia; increíble.

a-chile-iglesia

No, les quiero hablar concretamente de la preciosa misa de Nochebuena en la Iglesia de San Francisco en la Alameda Bernardo O´Higgins en el centro de Santiago, cerca del Palacio de la Moneda, de la Torre Entel, del paseo Ahumada, de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica, por citar algunos puntos referenciales. Esta iglesia comenzó a construirse en 1575 y hasta 1895 no se terminó. En unos de sus costados está el Museo Diocesano que recomiendo a todo el que vaya a Santiago no deje de ver.

Pues bien, luego de pasar el 24 de diciembre de paseo por Viña del Mar, Valparaíso, Concón, Reñaca, o sea por la costa del Pacífico, en la noche fuimos a cenar a un negocio llamado Los Buenos Amigos, un lugar pintoresco amenizado con música y bailes del Pacifico sur, música de la Polinesia y una comida de primera. Curiosamente en las mesas colocaban unas pequeñas banderas con la nacionalidad de los comensales: a nosotros nos pusieron la venezolana pues de Venezuela habíamos llegado a pasar la navidad en Chile.
a-chile-iglesia-2

Después de cenar volvimos al hotel y cerca de las 12 de la noche como había una iglesia cerca (la de San Francisco de Asís, patrono de los animalitos) decidimos acercarnos para la misa. Aquello estaba de bote en bote, conseguimos un lugar donde acomodarnos y cuando en el reloj de la torre sonaban las 12 de la noche se abrieron las puertas principales del templo y comenzaron a entrar perros, perros y más perros, de todas las razas, tamaños, colores, en orden, tranquilos y hasta solemnes, como si supieran la importancia del momento, la espiritualidad del lugar, lo que tenían que hacer (en Santiago de Chile hay cientos de perros callejeros, pero bellos, hermosos, gordos, mantenidos por la gente que los mima y da cariño). Los perritos por el pasillo central de la iglesia fueron entrando para ir acomodándose en el altar. Ahí apareció el obispo de Santiago escoltado por sacerdotes y monaguillos, con el Niño Jesús en sus brazos, una figura preciosa de varios siglos de antigüedad. Mientras sonaban las campanas de la torre todos los feligreses iniciaron el repiqueteo de pequeñas campanillas que llevaban consigo y los que no tenían esas campanillas -como nosotros- usaban sus llaveros para acompañar en el tintineo. Un momento espectacular a lo que se unió un coro de voces preciosas interpretando música navideña. El recorrido del obispo con el niño en los brazos, con las decenas de perros esperando en el altar, con las campanas, campanillas y llaveros sonando, la música celestial llenando todo, es una de las misas más bonitas que he disfrutado en mi vida.

Por eso, cuando Carlos Herrera quiso que la gente hablara de alguna Navidad especial, yo recordé aquella del 24 de diciembre de 2000 en Santiago de Chile en compañía de Gladys, Claudia y Cristina y me dije que tenía que compartirla con mis amigos lectores a los que aprovecho desde ya para desearles una muy feliz Navidad y un 2017 lleno de paz, amor y dicha.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *