Declaración de amor al fútbol

 

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Derek Dooley, una frase para la historia.

Me gusta leer de fútbol, tanto de partidos históricos como de leyendas de este deporte, de equipos y  jugadores que han hecho historia y otros que sin haber alcanzado las más altas cotas del éxito dejaron en su paso por este deporte algo que los hizo especiales.

Hay futbolistas que se hacen célebres por un gol, por una jugada, por un partido, por un torneo o por una trayectoria. Sin embargo hay uno, Derek Dooley -del cual quizás usted no oyó hablar nunca- que dejó huella por una frase, por un puñado de palabras que posiblemente constituyan una de las mejores y más grande declaración de amor por este deporte.

Dooley nació en Sheffield, Inglaterra en 1929. Esta ciudad es una de las principales cunas del fútbol. Hijo de obreros se incorporó, como tanto niños en aquella época, al mercado laboral con apenas 14 años, compaginando su trabajo con su pasión por el fútbol. Cada día que pasaba su locura por este deporte iba en aumento y no tardó en hacerse un nombre entre los equipos aficionados. Inicialmente por su calidad lo ponían en el medio campo pero él lo que realmente quería era jugar de delantero y hacer goles. Su insistencia tuvo éxito y al final los técnicos lo complacieron y se decidieron a probarlo en punta.

Comenzó a marcar goles a pares y esto lo situó en el punto de mira de los equipos de renombre de Sheffield. El Lincoln le incorporó con 16 años y ya a los 18 años en su casa se presentó Eric Taylor para llevárselo al Sheffield Wednesday, uno de los grandes equipos de la ciudad. Dooley inicialmente fue alineado en el equipo de reservas, en el filial,  y sus actuaciones no pasaron desapercibidas para nadie ya que hacía goles con relativa facilidad; en un partido llegó a anotar ocho. En 1950, con 21 años, el Wednesday le dio la oportunidad en el primer equipo pero no llamó la atención en exceso y fue devuelto al cuadro de reservas, a los partidos de los miércoles como les gusta decir en Inglaterra.

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En Hillsborough tiene una estatua

Pero el primer equipo descendió en 1951 y Dooley fue llamado otra vez para ayudar a retornar a la Primera División.  Aquí ya su irrupción fue escandalosa, sus prestaciones fueron determinantes para conseguir el ascenso. Marcó nada más ni nada menos que 46 goles en una temporada, un récord que aún permanece vigente en el Wednesday y que salvó milagro difícil de prever, durará por los siglos de los siglos. La gente lo adoraba.

La temporada 52-53 ya en Primera arrancó de manera brillante, esperanzadora. El equipo estaba cómodamente instalado en la zona media de la tabla y Dooley había conseguido 16 goles en 24 partidos. Incluso su nombre comenzaba a sonar en los despachos de la Federación Inglesa para formar parte de la selección.

Pero todo cambió el 14 de febrero de 1953 en un partido frente al Preston: en un momento del partido Dooley se fue a buscar un balón largo de forma decidida, arrojada, valiente, como hacía siempre y se encontró con George Thompson, el portero rival. El choque resulto estremecedor, el delantero se quedó tendido en el terreno de juego y todo el mundo supo que podía estar seriamente lesionado. Se fracturó la pierna por dos sitios y tuvo que ser operado de manera inmediata. Se daba por descontado que era el final de su carrera como futbolista, pero después de la operación los médicos albergaban la esperanza de que pudiera volver.

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Hasta con una pierna se atrevía a darle patadas al balón.

Sin embargo el día que iba a ser dado de alta una enfermera comprobó que Dooley no sentía nada cuando le tocaba el dedo gordo del pie operado y sonaron todas las alarmas. Una infección provocada al parecer por los productos con los que se pintaban las rayas del campo había generado en gangrena por lo que no hubo más remedio que amputarle la pierna. Un drama para él, para su familia y para toda la afición del Sheffield Wednesday. Volvió a ser intervenido y su carrera terminó para siempre.

Los periodistas esperaron impaciente en la puerta del hospital, aguardaban las imágenes de un Dooley derrotado y el testimonio de alguien que apenas con 25 años, seis meses después de casarse, había visto truncado su sueño de ser futbolista, de haberse quedado sin su pasión, sin su trabajo, sin el fútbol. Y entonces, cuando todo el mundo esperaba un testimonio desgarrador de un hombre derrotado por la adversidad, triste, dolido, se encontraron con una frase inmortal: “Me da igual que me hayan cortado la pierna, seguiré en el fútbol de cualquier manera y no me importará que me utilicen como banderín de córner”.

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Un hombre muy querido en Sheffield

La cita causó una enorme conmoción, un impacto gigantesco en la opinión pública y en los medios de comunicación que se rindieron a la personalidad de Dooley y a su amor por este deporte. Se le organizó un partido homenaje entre los dos grandes equipos de Sheffield (el Wednesday y el United) y el éxito fue abrumador. Se dijo que la frase de Dooley al salir del hospital fue clave, que los aficionados entendieron que allí había un individuo, un hombre que había sido capaz de transmitir, en una situación personal terrible, el mismo cariño que los aficionados sienten por el fútbol.

A partir de ahí Dooley desarrolló una discreta carrera como entrenador del Wednesday. En 1973 fue despedido tras una crisis de malos resultados, ello le generó una absoluta tristeza que le llevó a jurar que nunca más pisaría Hillsborough. Tardó 20 años, hasta 1993 cuando aceptó una invitación para asistir al derbi de la ciudad. Al entrar al estadio los hinchas de ambos equipos se pusieron en pie para dedicarle una de las mayores ovaciones que se recuerdan en ese estadio.  Dooley murió en 2008 y los homenajes se sucedieron de forma interminable en memoria de un futbolista que resumió en una frase inmortal el amor por el fútbol: “….como banderín de córner”.

 

 

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